Un fuerte y seco estruendo me despertó esta mañana. Provenía de la cubierta: una desorientada bandada de cientos, miles de estorninos negros había impactado contra las lajas de pizarra, colándose en el interior por las numerosas tablas desnudadas. No me enfadó tanto el contemplar los destrozos ocasionados como el observar atónito que volvían a emprender el vuelo siquiera sin pedir perdón, al son de cientos, miles de carcajadas sarcásticas.
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