Ya tenía a la pequeña Luzia en casa. Su madre nos había abandonado en el parto, dejando que una vida diera paso a otra. Con el cariño de mi mujer, habíamos preparado un mundo para Luzia, lejos de batas verdes y azulejos blancos. La habitación había sido exquisitamente preparada para ella: paredes empapeladas con motivos infantiles, borlas colgantes, luces cálidas, ropita de cama inmaculada... Era un placer observarla, callado junto a la cuna, e intentar descifrar emociones, sentimientos y razones en criatura de tan corta edad.
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